Antes de que advirtiera su presencia, ella ya me había visto, curvada como una sonrisa, perfectamente inmóvil, sin parpadear o estremecerse lo más mínimo. Se había metido en casa sin que yo lo notara y, al descubrirla, se me escapó un grito, pero ella no hizo nada, ningún movimiento que me alarmase, como si estuviese sorda, aunque yo sospechase de su visión lateral, pues permaneció todo el rato con la cabeza ligeramente ladeada, mostrando la curva de la quijada y un ojo sin párpado, fijo, como protegido por una escama ocular. Ante mi chillido acudieron mis hijos, preocupados, y yo les indiqué que no debían pasar delante de ella, que debíamos evitar asustarla para que no adoptase una actitud defensiva. Nos retiramos hacia otra habitación para deliberar, atropelladamente y en voz baja, sobre lo que convenía hacer: si cerrar todas las puertas o si abrirlas, si escabullirnos lo más rápidamente posible fuera de su alcance o si llamar pidiendo ayuda… Cuando volvimos, ya no estaba; buscando cuál sería su escondite, íbamos al mismo tiempo diciéndole que no le haríamos daño, que no nos incomodaba su existencia, antes bien al contrario, pero que debía irse, que no podía quedarse en nuestra casa. La intrusa nos observaba desde su nueva posición completamente impávida, como posando para una fotografía, sin ni siquiera dejarnos ver su lengua, en absoluto silencio. Decidimos dejarla un rato en paz, y luego ya no estaba.
Hacer como que no nos oye le permite no enterarse, no darse por aludida, permanecer en sus trece. Se mueve cuando no vemos que se mueve. Imposible saber por dónde ha entrado o por dónde ha salido, si se ha escondido o decidió marcharse. De ese modo nos deja con la duda de saber si está o no, de si viene o se va, de si volverá o no, la serpiente.





Leave a Reply